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Tras presenciar un aborto guiado por una ecografía, Abby Johnson supo que su carrera como directiva en la organización líder en practicar abortos de EE UU, Planned Parenthood, era “una mentira”, y se dedicó a revelar las trampas de la industria abortista.

Abby Johnson se ha convertido en el dolor de cabeza de Planned Parenthood. En su libro UnPlanned –NoPlanificada, pone al descubierto las prioridades abortistas de esta organización y la manipulación semántica que utiliza. Hoy, Abby Johnson forma parte de Coalition for Life (Coalición por la Vida), la organización provida que trabaja del otro lado de la reja de la misma clínica que ella dirigió, para intentar ofrecer alternativas  distintas al aborto a las mujeres que allí acuden.

Usted fue educada en una familia cristiana provida, ¿qué la llevó a involucrarse con Planned Parenthood?

Cuando estaba en la Universidad (Texas A&M University), asistí a la feria anual que promueve causas de distintas organizaciones en las que los estudiantes pueden participar. Me acerqué a la mesa de Planned Parenthood y me encontré con una mujer compasiva con la que sentí que tenía mucho en común. Ella me habló de que esta organización buscaba reducir el número de abortos, proporcionando una asistencia sanitaria segura, asequible y de calidad a las mujeres en dificultades.


Jewel Green Allentown, nativa de Pennsylvania y madre de tres hijos, ha tomado la valiente decisión de hablar finalmente a favor de la vida. En su primer testimonio, en LiveActionhabló sobre el sufrimiento que le provocó un aborto cuando era adolescente, y sobre su trabajo durante varios años en una clínica abortista.

“Mi primer bebé cumpliría 22 años esta semana. Yo tenía 17 años, había abandonado la escuela secundaria y consumía drogas, pero cuando la enfermera que efectuaba abortos me dijo que estaba embarazada, no me extrañé, ya pensaba en mí misma como una nueva madre.

Todo el mundo quería que yo abortara… excepto yo, (...) pero finalmente cedí a la insistencia de mi novio para no tener nuestro bebé.

(...) El 6 de enero de 1989, con 9 semanas y media de gestación, tuve un aborto. Esto casi me mata. No el procedimiento quirúrgico, sino las secuelas psicológicas. Intenté suicidarme tres veces después de mi aborto y finalmente terminé, durante un mes para recuperarme, en una sala psiquiátrica para adolescentes en un hospital de la comunidad.

Tras este suceso, pensaba que al convertirme en una consejera en una clínica abortista podría ayudar a otras mujeres como yo para hablar realmente de sus sentimientos sobre el tema, analizar seriamente  sus opciones y ayudarlas a tomar una decisión honesta e informada, o ayudarles a abandonar una situación abusiva.

Trabajé en una clínica abortista durante cinco años (de los 18 a los 23 años). Empecé atendiendo el teléfono, luego en la recepción de los pacientes y en el cobro, luego aprendí asistencia médica y ayudé en el laboratorio, auscultaba signos vitales en la sala de recuperación, e hice “platos” en el área autoclave. Entonces, después de dos años de trabajo en la  clínica y comenzar la universidad para estudiar psicología, me capacité como consejera.

La experiencia de “asesoramiento” no fue lo que yo había esperado. Casi todas las mujeres embarazadas que llegaban a una clínica abortista para “asesorarse en opciones” ya habían tomado la decisión, sólo querían ver las instalaciones y tener sus preguntas contestadas y tal vez disipados sus temores. Y la mayoría de las mujeres que acudían sentían que no tenían otra opción. Algunas pocas eran verdaderamente ambivalentes.

Aquí es donde falla el movimiento pro-aborto y las clínicas. Claro, teníamos una pequeña agenda con los nombres y números de dos agencias locales de adopción, pero nunca fuimos capacitadas ni se nos enseñó cómo funciona el proceso de adopción que se podía explicar a las mujeres. Teníamos el número de teléfono de la oficina local de WIC, de la asistencia pública, etc., pero una vez más, no sabíamos nada del proceso, en caso que alguna vez alguien preguntara por los detalles. Si una mujer embarazada quería saber más sobre estas alternativas, lo mejor que el “asesor” podía hacer era darle una hojita de papel con un número de teléfono garabateado a toda prisa.

Durante mi estancia en la clínica, yo era una firme partidaria del derecho al aborto, si bien que sabiendo todo el tiempo en mi corazón que lo que había hecho estaba mal, que perdí a mi bebé y que deseaba que las cosas pudieran ser diferentes para mí. En retrospectiva, creía que por rodearme de personas que creían que estaba bien abortar bebés acabaría por aceptar el aborto de mi bebé. Esto nunca ocurrió…

Marché dos veces en Washington, DC, apoyando el derecho al aborto. He hecho presión en Harrisburg (la  capital de Pennsylvania). Me he unido a David Gunn, Jr., para presionar en el Congreso que se aprobaran sanciones más duras contra los militantes activistas anti-aborto que acosan a las mujeres embarazadas, ponen bombas en clínicas de aborto, intimidan a personal de la clínica, y matan médicos, pero inclusive entonces yo no estaba de acuerdo con los gritos de guerra como “¡Aborto a petición y sin disculpa!” que se  cantaban en estos encuentros. Esto era -y es- mucho más complicado que aquello.

Recuerdo que un sábado por la mañana (un gran “día de procedimientos”, cuando se programaron más de 20 abortos y por lo menos una docena de manifestantes se encontraban fuera, de pie a lo largo del largo camino que conducía al estacionamiento de la clínica), cuando tenía alrededor de seis meses de un largo y muy visible embarazo –mucho más lejos que el límite de la clínica de 16 semanas para abortar- un manifestante me gritó, “¡Tu bebé te ama!”. Sonreí para mis adentros. Cuando entré y empecé a ayudar a la enfermera a preparar la sala de recuperación, se lo conté, y ella se enojó y horrorizó. Inclusive entonces –como una empleada activa en la clínica- decirle a una mujer embarazada que su hijo la ama, no me pareció una cosa tan cuestionable para decir, o inclusive gritar, a una mujer evidentemente embarazada.

Identificarme como pro-vida, sin embargo, no llegó sino hasta muchos años después. Después de finalmente perdonarme por abortar a mi primer hijo, tuve la oportunidad de ver el mundo de forma diferente. Después de dos fracasos matrimoniales, pude finalmente comprometerme y mi marido y yo hemos estado casados durante once años. Después de dar a luz a tres hijos y sentir de nuevo la vida creciendo dentro de mí y conocer el implacable amor abrumador que una madre puede sentir por un niño, he sido capaz de reconocer por fin que sí, que la vida comienza en la concepción.

(...)Ahora me considero pro-vida, pero no puedo acatar a los extremistas que dentro de las filas del movimiento a menudo actúan sin censura a través del liderazgo vocal de la posición. Yo estaba en la recepción cuando la clínica fue invadida el 22 de julio de 1992, lo que más tarde conocimos como “el miércoles infernal”. Seis personas corrieron a la sala de espera con un artefacto de metal con múltiples tubos adjuntos que todos supusimos era una bomba, hasta que ellos deslizaron sus brazos dentro de él y comenzaron a cantar. Estuvieron en la sala de espera “atados” a esa cosa durante siete horas, mientras que agentes de la policía local, del Estado y del FBI intentaron negociar con ellos y quitarles el dispositivo. Ellos orinaron en la alfombra. Ninguna de las mujeres cambió de parecer como resultado de esta invasión. (...) Tiene que haber una mejor manera de promover la causa de la vida.

Hablando de que el aborto termina la vida. Esto no está en cuestión ni debe estarlo. Ésta es una verdad fundamental. He trabajado en la sala de autoclave donde los “productos de la concepción” (como muchos partidarios pro-elección – y consejeros clínicos abortistas llaman al feto y a la placenta) eran reorganizados y contados para asegurarse que “teníamos todo”. Para los abortos tempranos, esto significaba derramar el contenido de la jarra en el agua para visualizar las vellosidades coriónicas. Para los abortos de aproximadamente 5 hasta 12 semanas, esto significa contar las manos y los pies, asegurándose que la columna vertebral y las costillas y el cráneo estaban presentes.

(...)Trabajar en la sala de autoclaves nunca fue fácil. Veía a mi hijo perdido en cada frasco de partes de bebés abortados. Una noche después de trabajar autoclave, mis pesadillas sobre los bebés muertos eran tan espantosas, terribles e intensas que me reuní con la directora de la clínica para hablar de mis sentimientos.

Ella fue muy comprensiva, abierta y honesta, directa y dolorosamente rotunda cuando me dijo: “Lo que hacemos aquí es poner fin a una vida. Pura y simplemente eso. No hay duda de este hecho. ¡Tienes que estar de acuerdo con esto para trabajar aquí”. Después de unos pocos días rotando fuera de la sala de autoclave, sentí que estaba de acuerdo con esto, y Dios me perdone, volví allí.

Cuando en mi cuarto año en la clínica se obtuvo la aprobación para hacer abortos de hasta 16 semanas después del último período de menstruación, una mujer renunció y dos miembros del personal – incluida yo misma – se negaron a trabajar en los “días finales”. Mi jefe se mostró muy comprensivo y me programó para trabajar esos días con las pacientes ginecológicas no embarazadas.

Sé en mi corazón que nunca volvería a poner fin a un embarazo –nunca– ni trabajaría de nuevo en una clínica abortista. Si alguien a quien amo se enfrenta a un embarazo no planificado, me gustaría hacer lo mejor para ayudarla a encontrar una manera de mantener el embarazo y dar a ese bebé una oportunidad – ya sea por convertirse en un padre, u ofrecer al niño en adopción.

Hay demasiadas vidas inocentes próximas a ser eliminadas en nuestro país antes que tengan la oportunidad de tomar su primera bocanada de aire, y como nación deberíamos hacer lo mejor. Tenemos que hacerlo mejor. Tenemos que proporcionar los recursos reales para las mujeres embarazadas que afrontan un embarazo no planificado. Las mujeres y los niños de nuestro país merecen algo mejor. Después de todo, a veces las mejores cosas en la vida no son planificadas.

Feliz día de no-nacimiento, no-bebé. Te extraño todos los días. Amor y lágrimas, mamá”.


En Río de Janeiro (la capital que acogerá la próxima JMJ de 2013) se escuchó un testimonio en la emisora de radio 'Rainha da Paz', un médico brasileño que efectuó durante años el aborto relató su dolorosa e intensa experiencia de conversión, iniciada después de la muerte de su hija.

"Mi madre era una simple costurera que trabajaba hasta las madrugadas para ayudar a mi padre. Mi padre era una guardia nocturno. Por eso se pueden imaginar el sacrificio que hicieron para tener un hijo médico. Luego escogí la ginecología y la obstetricia", afirmó.

"Entre las mayores dificultades enfrentadas como médico recién formado, choqué con la realidad de lo que es mi profesión. En un largo tiempo los médicos se vuelven ricos, y yo quería más, quería enriquecerme y tener más dinero".

"Fue así como violé el juramento que hice cuando me formaba para dar la vida, para salvar la vida. Ayudé a muchos niños a venir al mundo, pero también a muchos de ellos no les permití nacer y me enriquecí escondido tras la máscara de la vitalidad", agregó el médico.

Sobre su vida abortista, el experto explicó que "puse un consultorio que en poco tiempo se convirtió en el más visitado de la región. Y saben ¿qué es lo que hacía?: abortos".

"Y como todos los que cometen el crimen, me decía a mi mismo que todas las mujeres tienen el derecho de escoger y que era mejor que sean ayudadas por un médico para no correr los riesgos de ir a una clínica clandestina donde los índices de muertes son alarmantes".

"Y fue así, en un ciego e inhumano oficio de medicina, que construí una familia con muchos bienes, muy rica y que nada le faltaba. Mis padres murieron con la ilusión de que su hijo era un doctor bien logrado, exitoso". 

"Crié a mis hijas con el dinero manchado con la sangre de inocentes y fui el más despreciable de los humanos. Mis manos, que debieron ser bendecidas para la vida, trabajaron para la muerte", agregó.

Entrando al tema de su conversión, el médico explicó emocionado que "sólo paré cuando Dios en su sabiduría infinita, rasgó mi conciencia e hizo sangrar a mi corazón con la misma sangre de todos los inocentes que no dejé nacer".

"Mi hija menor, Leticia, dejó de respirar por una infección generalizada después de haberse sometido a un aborto. Ella, de 23 años de edad, salió embarazada y buscó el mismo camino de tantas otras que me fueron a buscar: el camino del aborto. Y sólo supe de esto cuando ya nada se podía hacer".

"Al lado del lecho de muerte de mi hija, vi las lágrimas de todos esos angelitos que yo maté. Mientras ella esperaba la muerte, yo agonizaba junto a ella".
En Río de Janeiro (la capital que acogerá la próxima JMJ de 2013) se escuchó un testimonio en la emisora de radio 'Rainha da Paz', un médico brasileño que efectuó durante años el aborto relató su dolorosa e intensa experiencia de conversión, iniciada después de la muerte de su hija.

"Mi madre era una simple costurera que trabajaba hasta las madrugadas para ayudar a mi padre. Mi padre era una guardia nocturno. Por eso se pueden imaginar el sacrificio que hicieron para tener un hijo médico. Luego escogí la ginecología y la obstetricia", afirmó.

"Entre las mayores dificultades enfrentadas como médico recién formado, choqué con la realidad de lo que es mi profesión. En un largo tiempo los médicos se vuelven ricos, y yo quería más, quería enriquecerme y tener más dinero".

"Fue así como violé el juramento que hice cuando me formaba para dar la vida, para salvar la vida. Ayudé a muchos niños a venir al mundo, pero también a muchos de ellos no les permití nacer y me enriquecí escondido tras la máscara de la vitalidad", agregó el médico.

Sobre su vida abortista, el experto explicó que "puse un consultorio que en poco tiempo se convirtió en el más visitado de la región. Y saben ¿qué es lo que hacía?: abortos".

"Y como todos los que cometen el crimen, me decía a mi mismo que todas las mujeres tienen el derecho de escoger y que era mejor que sean ayudadas por un médico para no correr los riesgos de ir a una clínica clandestina donde los índices de muertes son alarmantes".

"Y fue así, en un ciego e inhumano oficio de medicina, que construí una familia con muchos bienes, muy rica y que nada le faltaba. Mis padres murieron con la ilusión de que su hijo era un doctor bien logrado, exitoso". 

"Crié a mis hijas con el dinero manchado con la sangre de inocentes y fui el más despreciable de los humanos. Mis manos, que debieron ser bendecidas para la vida, trabajaron para la muerte", agregó.

Entrando al tema de su conversión, el médico explicó emocionado que "sólo paré cuando Dios en su sabiduría infinita, rasgó mi conciencia e hizo sangrar a mi corazón con la misma sangre de todos los inocentes que no dejé nacer".

"Mi hija menor, Leticia, dejó de respirar por una infección generalizada después de haberse sometido a un aborto. Ella, de 23 años de edad, salió embarazada y buscó el mismo camino de tantas otras que me fueron a buscar: el camino del aborto. Y sólo supe de esto cuando ya nada se podía hacer".

"Al lado del lecho de muerte de mi hija, vi las lágrimas de todos esos angelitos que yo maté. Mientras ella esperaba la muerte, yo agonizaba junto a ella".

"Fueron seis días de sufrimiento para que en el séptimo día ella partiese hacia el encuentro con su hijo, al cual un médico asesino le impidió nacer", comentó.

"Cansado por las noches que pasé al lado de mi hija, yo soñé que andaba por un lugar absolutamente oscuro y muy húmedo, en el que quería respirar pero no podía, yo quería salir desesperadamente pero fui envuelto por un lugar en donde el estruendo me dejaba atónito".

"Eran los llantos dolidos de los niños que en mi pensamiento, como si un rayo me cortase por la mitad, veía en mi entendimiento: los llantos eran de dolor, eran los lamentos de los angelitos que yo no dejé nacer. Era la triste consecuencia de mis actos sin pensar, esos llantos que gritaban ¡asesino!, ¡asesino!", afirmó el médico.

"Asustado para salir de aquel lugar, pasé mi mano por mi rostro para secar mi sudor y mis manos se mancharon de sangre! Aterrorizado grité con toda la fuerza que me quedaba un pedido de perdón: ¡Dios me perdone! Sólo así logré respirar nuevamente y me acordé de que era tiempo de acoger y valorar el último respiro de mi hija, que murió por las consecuencias de la infección que le produzco el aborto. Yo sé eso a través de mi sueño", agregó.

El experto comentó que "Dios me hizo entender que a partir del momento de la fecundación del óvulo existe vida, por lo que entendí que soy un asesino".

"No sé si algún día Dios me va a perdonar, pero para restar mi culpa y mi dolor, vendí mi consultorio y todos los bienes que conseguí con la práctica del aborto y con ese dinero, construí una casa de amparo para    madres solteras y me dedico hoy a atender y practicar ¡una medicina de verdad!".

"Hoy soy médico de los pobres, de los desamparados y desvalidos, y los niños que vienen al mundo a través de mis manos son hijos que adopto pues sé que tengo una sola misión: traer la vida al mundo y dar condiciones para que los niños tengan un lugar feliz donde el padre es Jesús".

"Recen por mí, recen para que Dios tenga piedad de mí y me perdone, porque tengo la seguridad de que participaré del juicio final", concluyó.




Cheryl asomó la cabeza en mi oficina. “Abby, necesitan que vuelva una persona extra a la sala de examen. ¿Estás libre?”.

Sorprendida, levanté la vista de mis papeles. “Claro”.

A pesar que había estado con Planned Parenthood durante ocho años, nunca había sido asignada a la sala de examen para ayudar al equipo médico durante un aborto, y no tenía idea por qué me necesitaban ahora. Las enfermeras de profesión eran las únicas que ayudaban en los abortos, no otro personal de la clínica. Como directora de esta clínica en Bryan, Texas, en un apuro yo podía reemplazar a alguien en cualquier puesto, excepto, por supuesto, a los médicos o enfermeras que realizan procedimientos médicos. En unas pocas ocasiones estuve de acuerdo con el pedido de una paciente para permanecer con ella y sostener su mano durante el procedimiento, pero sólo cuando yo había sido la consejera que había trabajado con ella durante la ingesta y el asesoramiento. Ese no era el caso hoy. Por eso me pregunté: ¿por qué me necesitan?

El abortista que estaba hoy de visita había estado aquí en la clínica Bryan sólo dos o tres veces antes. Él tenía un consultorio privado para abortos a unos 250 kilómetros de distancia. Cuando yo hablé con él sobre el trabajo varias semanas antes, él me había explicado que en su propio establecimiento sólo se hacían abortos guiados por ecografías, que es el procedimiento de aborto con el menor riesgo de complicaciones para la mujer, (...) hay menos posibilidades de perforar la pared uterina, que es uno de los riesgos del aborto. Yo respetaba eso de él (...) Sin embargo, yo le expliqué que esta práctica no era el protocolo en nuestra clínica. Él entendió y dijo que respetaría nuestro procedimiento típico, aunque se había acordado que él tendría la libertad de utilizar la ecografía si se encontraba en una situación particular que lo justificara.

(...) Por un momento sentí repugnancia fuera de la sala de examen. Nunca me gustó entrar en esta habitación durante un procedimiento de aborto, ya que nunca acepté lo que sucedía detrás de esa puerta. Pero ya que todos teníamos que estar listos en cualquier momento para arrimar el hombro y hacer el trabajo, abrí la puerta y entré.

La paciente ya estaba sedada, aún consciente pero aturdida, la luz brillante del médico cayendo sobre ella. Ella estaba en posición, los instrumentos estaban prolijamente dispuestos en la bandeja, al lado del médico, y una enfermera profesional estaba colocando la máquina de ecografías al lado de la mesa de operaciones.

“Voy a realizar un aborto guiado por ecografía en esta paciente. Te necesito para mantener la sonda del aparato”, me explicó el médico.

Cuando tuve la sonda del ultrasonido en la mano y ajusté la configuración de la máquina, yo discutía conmigo misma: no quiero estar aquí. No quiero participar en un aborto. A decir verdad, era una actitud equivocada, ya que yo necesitaba mentalizarme para esta tarea. Respiré hondo y traté de sintonizar la música de la radio, que sonaba suavemente en el fondo. "Es una buena experiencia de aprendizaje – Nunca antes he visto un aborto guiado por ecografía", me dije. "Tal vez esto me ayude cuando aconseje a las mujeres. Voy a aprender de primera mano acerca de este procedimiento más seguro. Además, estaré afuera en tan sólo unos minutos".

Yo no había imaginado cómo los siguientes 10 minutos sacudirían los cimientos de mis valores y cambiarían el curso de mi vida.

(...) Yo estaba esperando para ver lo que había visto en ecografías anteriores. Por lo general, dependiendo de lo avanzado que estuviera el embarazo y de la forma que el feto movía, primero sea veía una pierna, la cabeza o alguna imagen parcial del torso, por eso tuve que maniobrar un poco para obtener la mejor imagen posible. Pero esta vez la imagen era completa, es decir, pude ver el perfil completo y perfecto de un bebé.

"Se ve como Grace a las 12 semanas", pensé sorprendida, recordando la primera visión que tuve de mi hija, tres años antes, acurrucada y protegida dentro de mi vientre. La imagen que tenía ahora frente a mí parecía la misma, sólo que más clara y más nítida. El detalle me sorprendió. Pude ver claramente el perfil de la cabeza, ambos brazos, las piernas e incluso los pequeñísimos dedos de las manos y los pies. Era una imagen perfecta.

Pero rápidamente el aleteo de la cálida memoria de Grace fue sustituida por una oleada de ansiedad. "¿Qué voy a ver?" Mi estómago se puso rígido. "No quiero ver lo que está a punto de suceder".

Supongo que suena extraño, viniendo de una profesional que había administrado una clínica de Planned Parenthood durante dos años, aconsejando a las mujeres en crisis, programando abortos, revisando los informes mensuales del presupuesto de la clínica, contratando y capacitando personal. Pero extraño o no, el simple hecho es que yo nunca había estado interesada en la promoción del aborto. Yo había llegado a Planned Parenthood ocho años antes, creyendo que su propósito era principalmente prevenir embarazos no deseados y, en consecuencia, reducir el número de abortos (...) Y yo creía que Planned Parenthood salvaba vidas, las vidas de las mujeres que, sin los servicios proporcionados por esta organización, podrían recurrir a algún carnicero de la calle. Todo esto se aceleró a través de mi mente, mientras yo sostenía con cuidado la sonda en posición.

“Trece semanas”, oí decir a la enfermera después de hacer mediciones para determinar la edad del feto.

“De acuerdo”, dijo el doctor mirándome, “simplemente mantén la sonda en posición durante el procedimiento, así puedo ver lo que estoy haciendo”.

El aire fresco de la sala de examen me dejó fría. Mis ojos estaban todavía pegados a la imagen de este bebé perfectamente formado, cuando vi como se hacía presente una nueva imagen en la pantalla. La cánula – un instrumento unido al extremo del tubo de succión – había sido insertado en el útero y se acercaba hasta situarse al lado del bebé. Se veía como un invasor en la pantalla, fuera de lugar. Mal, esto simplemente se veía mal.

Mi corazón se aceleró. El tiempo se volvió más lento. Yo no quería mirar, pero no quería dejar de mirar bien. Yo no podía no observar. Yo estaba horrorizada, pero fascinada al mismo tiempo, como un papamoscas que reduce la marcha cuando pasa al lado de algunos restos horribles de un automóvil: no queriendo ver un cuerpo destrozado, pero mirándolo lo mismo.

Mis ojos volaron hacia el rostro de la paciente, las lágrimas corrían por las comisuras de sus ojos. Pude ver que estaba dolorida. La enfermera secó el rostro de la mujer con un pañuelo de papel.

“Simplemente respire”, la enfermera la alentó gentilmente. “Respire”.

“Está casi terminado”, susurré. Quería mantenerme concentrada en ella, pero mis ojos se zambulleron de nuevo en la imagen en la pantalla.

Al principio, el bebé no parecía consciente de la cánula. Se situó suavemente al lado del bebé, y por un instante sentí un rápido alivio. "Por supuesto", pensé. "El feto no siente dolor". Yo había tranquilizado a un sinnúmero de mujeres sobre esto, tal como me habían enseñado en Planned Parenthood. "El tejido del feto no siente nada cuando se lo elimina. Entiéndelo, Abby. Éste es un procedimiento médico rápido y simple". Mi cabeza estaba trabajando a pleno para controlar mis respuestas, pero yo no podía eliminar una inquietud interior que rápidamente estaba llegando a la cima del horror en el momento que observé la pantalla.

El siguiente movimiento fue la sacudida repentina de un pie pequeño, en el momento que el bebé comenzó a patear, como si estuviera tratando de alejarse de la sonda invasora. A medida que la cánula lo apretaba al costado, el bebé empezó a luchar para girar y girar de inmediato. Me pareció claro que podía sentir la cánula, y que no le gustaba lo que estaba sintiendo. Y luego la voz del médico se abrió paso, provocándome un susto.

“Sonríe, Scotty”, le dijo despreocupadamente a la enfermera. Él le estaba diciendo que volviera a la succión – en un aborto, la succión no está activada hasta que el médico siente que la cánula está en el lugar exacto.

Tuve un repentino deseo de gritar “¡Alto!”. Quería sacudir la mujer y decirle: “¡Mira lo que le está sucediendo a tu bebé! ¡Despierta! ¡Date prisa! Haz que se detengan!”.

Pero aun cuando pensaba estas palabras, vi que mi propia mano sostenía la sonda. Yo era uno de “ellos” al llevar a cabo este acto. Mis ojos se sumergieron de nuevo en la pantalla. La cánula ya estaba siendo girada por el médico, y ahora pude ver el pequeño cuerpo retorciéndose violentamente con ello. En el brevísimo momento en que el bebé se veía como si estuviera siendo exprimido como un trapo de cocina, giró y se encogió. Y luego se desplomó y comenzó a desaparecer dentro de la cánula ante mis ojos. Lo último que vi fue la espina dorsal pequeña, perfectamente formada, succionada por el tubo, y luego se fue. El útero quedó vacío, totalmente vacío.

Quedé helada, no lo podía creer. Sin darme cuenta, me desprendí de la sonda. Ésta se desplazó fuera de la panza de la paciente y se deslizó sobre su pierna. Yo podía sentir mi corazón golpeando, latiendo tan fuerte que mi cuello vibraba. Traté de hacer una respiración profunda, pero sin poder respirar hacia adentro o hacia afuera. Yo seguía mirando a la pantalla, a pesar que estaba negra, porque yo había perdido la imagen. Pero no estaba registrando nada para mí. Me sentí demasiado aturdida y sacudida para moverme. Yo escuché al médico y a la enfermera conversando en forma casual mientras trabajaban.

(...) La imagen del pequeño cuerpo, mutilado y aspirado, se estaba repitiendo en mi mente, y con ello la imagen de la primera ecografía de Grace, que había sido aproximadamente del mismo tamaño.

(...) “Cuando estuviste embarazada de Grace, no era un feto, sino un bebé”, dijo Doug. Y ahora esto me golpea como un rayo: ¡Tenía razón! Lo que estaba en el vientre de esta mujer hace un momento era algo vivo. No era solamente tejidos o células. Era un bebé humano. ¡Y estaba luchando por su vida! Una batalla que perdió en un abrir y cerrar de ojos. Lo que he dicho a la gente durante años, lo que he creído y enseñado y defendido, es una mentira.

De pronto sentí los ojos del médico y la enfermera sobre mí. Esto me sacó de mis pensamientos. Me di cuenta que la sonda estaba extendida en las piernas de la mujer y a duras penas pude volver a ponerla en su lugar. Pero ahora mis manos estaban temblando.

“Abby, ¿estás bien?”, preguntó el médico. Los ojos de la enfermera buscaban mi cara, porque estaba preocupada.

“Sí, estoy bien”. Todavía no había ubicado la sonda en la posición correcta, y ahora estaba preocupada porque el médico no podía ver el interior del útero. Mi mano derecha sostenía la sonda, y mi mano izquierda estaba cautelosamente puesta en el vientre cálido de la mujer. La miré a la cara, en la que había más lágrimas y una mueca de dolor. Corrí la sonda hasta que recuperé la imagen del útero ahora vacío. Mis ojos viajaron de nuevo a mis manos. Las observé como si ellas no fueran las mías.

"¿Cuánto daño han hecho estas manos en los últimos ocho años? ¿Cuántas vidas han sido tomadas a causa de ellas? No sólo de mis manos, sino a causa de mis palabras. ¿Y si yo hubiera sabido la verdad, y lo que le dije a todas esas mujeres?" ¡Yo había creído en una mentira! Yo había promovido ciegamente la “línea de la compañía” durante tanto tiempo. ¿Por qué? ¿Por qué no había buscado la verdad por mí misma? ¿Por qué yo había cerrado los oídos a los argumentos que había escuchado? ¡Oh, Dios mío, ¿qué he hecho? (...) ¡Nunca más! Nunca más.

(...) Cuando la enfermera limpió a la mujer, dejé la máquina de ecografías, luego desperté suavemente a la paciente, que estaba débil y atontada (...) Al igual que tantos pacientes que había visto antes, ella continuó  llorando, envuelta en un obvio dolor emocional y físico. Hice mi mejor esfuerzo para hacerla sentir más cómoda.

Diez minutos, tal vez 15 a lo sumo, habían pasado desde que Cheryl me había pedido que fuera a ayudar en la sala de examen. Y en esos pocos minutos todo había cambiado. Drásticamente. La imagen de ese pequeño bebé retorciéndose y luchando se mantuvo repetidas veces en mi mente. Y la paciente: me sentía tan culpable. Yo había tomado algo precioso de ella, y ella ni siquiera lo sabía.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que pasara esto? Yo me había comprometido a fondo, mi corazón y mi carrera en Planificación Familiar porque me preocupaba por las mujeres en crisis. Y ahora me enfrenté a una crisis que era totalmente mía.

Y yo necesitaba desesperadamente saber qué hacer a continuación...

Este testimonio es el primer capítulo del libro de la propia Abby Johnson, donde narra su conversión del mundo del aborto. Este libro se llama «UnPlanned» (No planificado), que se publicó el 11 de enero de 2011.


Fuente: Hacer familia



El 14 de junio, una coalición de católicos y ortodoxos orientales de 18 países se lanzaron "De océano a océano" en una peregrinación pro-vida desde la Costa Oriental de Rusia a Fátima, Portugal, con el  icono de Nuestra Señora de Czestochowa . La intención de la peregrinación es promover la defensa de la vida en todos los continentes que han sido diezmados por la anticoncepción y el aborto generalizado. 


"Hay muchas historias impresionantes, durante siglos, de fieles católicos que marchan con un icono de la Virgen María en situaciones donde los problemas parecen insuperables, pero donde acaban saliendo victoriosos", dijo el padre Peter West, que coordina la peregrinación. "Esa es la situación en la que Europa se encuentra hoy, en medio de una cultura aparentemente impenetrable de muerte marcada por el aborto, la anticoncepción, la eutanasia y otros atentados contra la vida. Este es un retorno a un testimonio público de tradición y la fe que se necesita desesperadamente para aquellos que han perdido toda esperanza". 

La ruta de peregrinación de Nuestra Señora de Czestochowa pasará a través de 23 países: Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Rumania, Eslovenia, Croacia, Italia, Austria, Liechtenstein, Suiza, Alemania, Bélgica, Gran Bretaña, Irlanda, Francia, España y Portugal. La ruta prevista es de alrededor de 18 mil kilómetros.


Fuente: LifeSiteNews
Treinta y nueve mujeres se han puesto en marcha en un viaje épico a través de Texas para remover conciencias sobre la tragedia del aborto en EEUU y en el resto del mundo. Cada mujer, lo que representa un año desde la legalización del aborto caminará unos 250 kilómetros de regreso a donde todo comenzó, un palacio de justicia en Dallas, donde, el 1973,se sentenció la ley del aborto.

"Van a dejarlo todo para embarcarse en este viaje simbólico (...) ya que comparten sus historias personales de cómo el aborto ha impactado en cada una de sus vidas", señala Back to Life movement en su sitio web.


En el transcurso de 19 días, las 39 mujeres jóvenes recorrerán las carreteras y caminos de Texas, a pie impulsadas ​​por la misma pasión "el arrepentimiento y la humildad: Llevar a su nación de nuevo a un respeto a la vida".

Fuente: LifeSiteNews
En una reciente entrevista con The Telegraph, el italiano cantante de opera Andrea Bocelli reveló que su madre fue forzada a abortar (aunque al final no cedió).

En la entrevista sostuvo que "en lo personal no comparto la idea de ser capaz de interrumpir la vida arbitrariamente", y agregó: "Pero yo no puedo ser juez de aquellos que deciden de una manera diferente. Solo puedo ser un ejemplo de actuar, un modelo a seguir, porque creo que esta es la única manera".

La opinión provida de Andrea recibió una gran atención en 2010, cuando se difundió ampliamente un vídeo que muestra el cantante ciego sentado al piano contando la historia de su nacimiento. Relató que los médicos habían tratado de convencer a su madre de abortarle porque el niño nacería con una discapacidad (ceguera), pero su madre se mantuvo fuerte en su decisón.

Nunca había querido hablar de su ceguera, "porque realmente en mi vida hay cosas mucho más importante que decir: mi vida es un cuento de hadas, la historia de un niño que no podía esperar para ir a misa los domingos, porque le dejaban jugar un poco con el órgano, que siguió un sueño y que el sueño se ha hecho realidad". 



Fuente: LifeSiteNews